MI PRIMERA BORRACHERA

Mi primera incursión en el mundo del imperio de los sentidos, sucedió hace mucho, mucho tiempo... cuando sin querer, cogí mi primera borrachera a la tierna edad de 13 años. Primer gran punto de inflexión del paso de la ignorante infancia a la excitante juventud, que fue como un pistoletazo de salida en una carrera por descubrir todo un mundo de nuevas sensaciones. Este recuerdo vivo y presente, lo he llevado siempre dentro de mí, como si se tratara de la primera comunión en el largo y duro caminar por el mundo de las drogas.

Recuerdo perfectamente cómo, cuándo y donde sucedió. Las nuevas y un poco extrañas sensaciones que comencé a descubrir y experimentar en mi interior. La dificultad de hacer trascender estos hechos con los pocos conocimientos que se tienen de la vida en esa temprana edad. Qué momentos tan complicados de asimilar, y qué gran desconcierto por no estar habituado ni preparado para tenerlos.

Sucedió durante una cena familiar en un restaurante a las afueras de mi ciudad que es Zaragoza. Eran reuniones frecuentes cuando tenía lugar algún evento como bodas, bautizos o cumpleaños. En este caso la comunión de un primo mío que tendría lugar en la típica capilla del colegio al día siguiente, a la que estaban invitados parientes de otras ciudades como Barcelona, Teruel y Alicante. La cena tuvo lugar en una sala comedor habilitada para tales fines. Era el típico restaurante asador donde se ponían manteles de papel en las mesas y se respiraba en el aire ese olor tan característico de chuletas a la brasa.

Casi todas las celebraciones tenían un modus operandi muy concreto. Se comenzaban en la barra del bar del restaurante tomando un aperitivo, dando tiempo a las distintas familias para llegar con sus respectivos coches. Los hombres se colocaban haciendo corro por un lado y las madres por otro. Todos los demás, que éramos primos de edades comprendidas entre los seis y los quince años, montando guerras y algarabías en los alrededores del restaurante, dentro de él o por donde se pudiera.

Una vez dentro de la sala, la distribución de los comensales se realizaba de la siguiente manera. Los mayores de la familia a un lado, primero los hombres, luego las madres y todos los pequeños al otro. No recuerdo exactamente cuanta gente estabamos esa noche, pero yo calculo que éramos unas 5 o 6 familias con sus respectivos hijos y que a un promedio de dos por familia sumábamos unas 25 personas. A nosotros, los pequeños, nos ubicaban siempre en mesas separadas de ellos si el local lo permitía. En este caso, al ser solo una gran mesa a lo largo de todo el comedor, nos colocaron alejados de la autoridad paterna con una distancia de seguridad suficiente para la mayor tranquilidad de estos en el festín.

Nos dejaban bajo la tutela de las madres y si el control de la situación entraba en derroteros de revuelta, intervenía la jerarquía masculina dirigida por un tío mío muy corpulento con bastante mal genio y con la mano más rápida de la familia. Nos imponía bastante respeto, tanto por su aspecto físico como por sus rápidas bofetadas y sus famosos capones, siendo “el number one” en poner orden en las situaciones un poco desmandadas.

Aunque son recuerdos un tanto borrosos después de tanto tiempo, creo que era mi primo Enrique, de mi edad, quien se sentaba a mí lado estando ubicados en la otra punta de la mesa cerca de los baños y muy alejados de la zona paterna. Los baños, lucían esos cagaderos sin taza con dos huellas de zapatos delante del agujero para colocar allí tus pies, y que para evacuar el vientre se debía utilizar esa incomoda pero sana posición de cuclillas, a la que nadie está acostumbrado en esta civilización moderna de grandes lujos y comodidades. Lo que si se hubiera dado el caso del “vomito”, habría facilitado bastante las cosas.

No recuerdo el menú, pero supongo que sería poco más o menos lo de siempre; ensaladas; chuletas con patatas; agua; vino; casera y postre. En aquella época, que los niños bebieran con la casera vino a temprana edad, por lo menos en mi entorno familiar, era del todo normal. Lo mezclaban, como ellos decían: “Para darle un poco de color a la sosa gaseosa”. No recuerdo si antes de ese día había bebido o no, supongo que sí, no lo sé, pero desde luego ese día me pasé cuatro pueblos. Comencé a sentirme claramente mareado y a perder el control del equilibrio y de mis actos durante la cena. A sentirme confuso y aturdido. Distinto. Fui varias veces al baño a mojarme la cabeza y la nuca, con la intención de poder despejarme del vértigo y de las imágenes que empezaba a ver borrosas, pero sin ningún éxito.

Más tarde, al final de la cena, sacaron unas botellas de champán para brindar. Recuerdo vagamente robarles una de la zona de los mayores y meterme debajo de nuestra mesa a beber. No sé quién fue mi cómplice, no lo recuerdo, pero de que había alguien eso estoy seguro. Tampoco sé, nunca lo he preguntado, si mi compañero llegó a alcanzar el mismo estado de embriaguez que yo, pero lo que sí recuerdo, es que después de una, robamos otra y luego otra. ¡Menudo bofetón que llevaba en la cabeza! Yo no sabía bien que es lo que me estaba pasando. El mareo se transformó en una especie de euforia y en un leve descontrol de la realidad, agradable por otra parte, pero que de repente, no podía parar por mucho que lo intentara. ¡No dejaba de beber! ¡No podía parar los mareos! ¡Tenía una nube en el centro de la frente! ¡Mi visión no enfocaba bien las imágenes! ¡Esto se me escapaba de las manos! ¡Había perdido el control!

Era una noche fría, salí a la calle en camiseta, donde hacía una espesa niebla y bastante frío del que yo estaba claro que ni me enteraba. Intentando vanamente con estas maniobras despejarme un poco para volver a mi estado natural. ¡Imposible!

Es una cosa curiosa, ya que solo tengo recuerdos de ese día de los momentos a partir de los cuales tuve los efectos del alcohol. No tengo ningún recuerdo de la tarde anterior ni de ir al restaurante, ni de esa semana o algún referente posterior. Solo guardo el recuerdo de las sensaciones que sufrí en las diferentes etapas del “gran pedo”. Supongo que habrá sido por quedarme impreso en la memoria al ser el primer día de tal suculenta borrachera. Se han archivado en mi memoria como pequeños “flash” de las cosas que acaecieron guardándose como si fueran diapositivas de diferentes espacio-tiempos. En el fondo todas las borracheras son así. Te acuerdas de ciertas imágenes, unas más claras y otras más borrosas, muchas de las cuales no quieres ni si quiera acordarte. Casi todo lo que sucede en la vida, es igual. Grandes cantidades de diapositivas que se pierden en el tiempo.

Recuerdo verme en diferentes escenas moviéndome con dificultad por la falta de equilibrio por la sala del comedor o yendo hacia el baño. Salir hacia la calle, pasando por la zona del bar de fuera del comedor. La sensación de ingravidez no sintiendo el suelo aunque lo pisara. La ausencia de frío, aunque estaba claro que lo hacía. No recuerdo haber salido de allí, pero si de verme vomitando en una cuneta de la carretera al volver a casa, ya que tuvimos que parar el coche un par de veces para devolver. Otra vomitona en el portal de mi casa, antes de ser subido en brazos por mis padres con mucha dificultad por las escaleras. Recuerdo encontrarme muy mal, mareado y con grandes nauseas, y nada más entrar en mi casa, salir corriendo hacia la cocina para volver a vomitar en el fregadero quedándome sentado en una silla con los brazos apoyados en su borde.

Al cabo de un buen rato de esfuerzos totalmente inútiles por no encontrarse ya nada en mi estómago que pudiera ser expulsado, intente parar los mareos y el malestar metiéndome en la cama. Nada más tumbarme y posar la cabeza en el almohadón, sentí con asombro que el techo de la habitación comenzaba a girar y girar por encima de mí, propinando en mi interior otra buena sarta de intensas ganas de vomitar. ¿Quién me había subido en una noria de feria? ¿Cómo habían podido imitar en una atracción mi cuarto de una manera tan exacta? ¿Era una pesadilla lo que me pasaba? ¿Una mala ilusión?

Si hubiera sabido entonces lo del truco de poner una pierna en el suelo para detener los giros de la habitación... aunque también es cierto que no siempre funciona este truco.

Mi campo de acción durante las siguientes horas interminables, se redujo a ir de la cama al fregadero de la cocina y del fregadero de la cocina a la cama una y otra vez. Volvía exhausto después de los extenuantes esfuerzos por vomitar en el fregadero, cuando los giros interminables de la habitación al tumbarme, me hacían volver a levantarme de nuevo para acabar sentado con los brazos haciendo de almohada en la frente. Y así, entre pinto y baldemoro y baldemoro y pinto, pasé una de las noches más chungas de mi vida. O por lo menos eso es lo que pensé entonces. Con el tiempo he pasado tantas igual de malas que esa, e incluso otras mucho peores, pero esta es en mi archivo general de borracheras, la primera de una larga lista, y como tiene ese honor, pues es difícil perderla en el olvido.

Con el paso de los años veo que muchas de las experiencias negativas de la vida pasan sin más, igual que las buenas. Aunque los momentos malos donde el tiempo parece detenerse, intentas no repetirlos porque se te hacen eternos, sobre todo, si es una buena borrachera con vómitos y mareos que piensas que te vas a morir. Pero bueno, como no hay dos sin tres, y el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, no solamente caes una, sino un montón de veces más, y al final, simplemente pasan y se quedan archivadas en la memoria, como un recuerdo más de tantos.

Que fue doloroso, es evidente. Muchas veces una vez iniciado el proceso del alcohol ingerido en exceso, solo queda sufrirlo, y para eso nos hemos entrenado con ahínco durante estos años, con el fin de mitigar tal sufrimiento. Todo en la vida es un proceso de preparación, primero la afición y luego la profesionalización. Ahora, solo nos faltaría, que el hincar el codo, o el levantamiento de vidrio en barra fija, lo hicieran deporte olímpico, porque nacional, ya lo es hace mucho tiempo.

Que decir tiene, que al día siguiente no pude ir a la comunión, evidentemente. Me quedé en la cama todo el día bajo los efectos de la primera resaca chunga de mi vida, sufriendo y padeciendo un mal estar general absoluto. Teniendo que aguantar, además de lo que llevaba yo encima, las visitas de mis familiares interesándose por mi estado, acompañados de las típicas risitas y tonos irónicos de... “Sí, sí, que está malo” “Lo que a este le pasa, es que ayer cogió una toña de abrigo”. A lo que yo no podía contestar nada, tanto por mi mal estado general, como porque tenían toda la razón, aunque yo no lo supiera entonces.

Comments